Algo gordo se cuece en economía

Donald Trump en su visita a China

EL CONCISO 

Durante el siglo XX hubo acontecimientos que exigieron al mundo adaptar las relaciones internacionales a realidades absolutamente diferentes a la situación previa. Las dos guerras mundiales, la crisis del 29, la Guerra Fría y la división del mundo en bloques o la globalización fueron las más importantes. Para todos ellos no solamente es posible establecer una secuencia temporal nítida y sin superposiciones, sino también una concatenación de causalidades en el sentido de que cada uno surge de las cenizas del anterior.

En los años noventa, la globalización prometía un mundo interesado en mantener los principios de orden y multilateralidad que habían contribuido a cerrar conflictos ideológicos y a hacer posible una etapa de prosperidad sin precedentes, especialmente entre un grupo de países no miembros del club de los más desarrollados, pero decididos a aprovechar sus oportunidades. Ilustres pensadores como Huntington (La tercera ola, 1991; ¿Choque de civilizaciones?, 1993) o Fukuyama (El fin de la historia, 1992) polemizaron, al tiempo que daban testimonio de ella, sobre la promesa de tiempos felices para la humanidad basados en el éxito de las democracias y la convergencia de valores, pero la complacencia se fue diluyendo con el nuevo siglo, a medida que problemas latentes, como el cambio climático o las crisis migratorias, se hicieron manifiestos.

Solo el estallido de la burbuja especulativa en 2008 puede calificarse de acontecimiento comparable a los del siglo anterior, incluida la pandemia, por sus consecuencias políticas y económicas sobre el orden internacional. El colapso del sistema sirvió para liberar otras energías hasta entonces irrelevantes, pero dispuestas a aprovechar la oportunidad para hacerse un hueco en el nuevo orden que estaba por llegar. Como siempre, del resultado dependería quienes serán ganadores o perdedores y fenómenos como el de los Brics ampliado, que entre miembros y asociados aglutinan a cerca de la mitad de la población mundial, estaban decididos a luchar por figurar entre los primeros. También era la oportunidad para otras energías, como la populista prometedora de nuevos escenarios de prosperidad sobre el paisaje devastado, adoptando en cada lugar la forma que más le convenía. Entre ellas, la demagogia independentista en Cataluña, en el caso de España, y la del Brexit en el de Europa.

Oportunidad también para nuevas formas de entender la política económica, con la ruptura de la ortodoxia monetaria y el desacuerdo entre el intervencionismo fiscal de Obama y Brown y la moderación europea encabezada por Merkel. De esos años, países endeudados con dificultades para encontrar financiación en los mercados y criptomonedas como refugio (bitcoin nace en enero de 2009). En 2010 el PIB chino supero al japonés, convirtiéndose en la segunda economía más grande del mundo. Tras la recuperación, renovación de los principales liderazgos, pandemia, escalada militar e Inteligencia Artificial.

En la actualidad están activas múltiples dinámicas de diferente naturaleza y extraordinaria potencia estructurante cada una de ellas y todas de forma simultánea. Al cambio climático y las migraciones heredados del pasado siglo se sumaron los nuevos conflictos bélicos y el auge del militarismo, la crisis energética y del comercio, el teletrabajo y la deslocalización, la lucha sin cuartel entre las grandes potencias por el liderazgo en nuevas tecnologías, la IA y el espacio, además de la competencia por el control de los recursos estratégicos. La crisis del multilateralismo se agudizó cuando mayores son las externalidades de las decisiones políticas en las grandes potencias y, por tanto, mayor la necesidad de las instituciones concebidas para el fomento de la cooperación. Pero si ninguna de estas dinámicas corresponde al ámbito exclusivo de la economía, resulta inquietante que sus indiscutibles y extraordinarias consecuencias económicas se produzcan en un contexto de extrema debilidad del orden económico internacional.

La pasada semana se celebró un Encuentro de Economía y Política Económica en Andalucía, organizado por el Observatorio Económico de Andalucía. Aunque la intención era dirigir el debate hacia problemas específicos de Andalucía, la discusión terminó desviándose hacia los fundamentos más transversales de cada uno de los problemas, donde se encuentran las claves de nuestro futuro inmediato. Los detalles están en la web del Observatorio, pero algunas de las reflexiones merecen ser recordadas.

Bericat advierte de una brecha entre jóvenes y mayores que, debido a la amplitud del estrato de población adulta en edad laboral, levanta una barrera infranqueable para las aspiraciones de progreso entre los primeros. No se trata de un caso exclusivo de Andalucía, sino extensible al conjunto de la sociedad occidental que, en la práctica supone un obstáculo al progreso del conjunto y condiciona, supuestamente de forma negativa, el modelo de desarrollo económico futuro.

En su disertación sobre retos demográficos, Josefina Cruz abordó el tema de la inmigración y su función en los engranajes de una sociedad como la andaluza. Nuevamente como en el conjunto de las sociedades occidentales, los inmigrantes vienen a cubrir un vacío estructural en el mercado de trabajo. Visto desde esta perspectiva, la caída de la tasa de fecundidad por debajo de la de reposición en el norte de África y en picado la subsahariana, especialmente en zonas urbanas, anticipan tensiones a largo plazo, salvo cambios en la demografía local o soluciones tecnológicas.

Del análisis de Uclés sobre tensiones geoestratégicas y el auge de los conflictos violentos, una alarmante conclusión personal para finalizar. Vivir en democracia supone una desventaja en estos tiempos, porque competir contra oportunistas sin escrúpulos te convierte en perdedor. Mientras que para unos los caminos se ensanchan, para otros se estrechan, pero renunciar a la honestidad no puede ser la solución, porque conduce directamente al desastre.