El clima como lastre andaluz

Aceitunas de un campo de olivos en Fuerte del Rey, Jaén.

EL CONCISO

El análisis del desempeño económico en Andalucía suele oscilar entre el optimismo desmedido y el pesimismo estructural. Sin embargo, los datos actuales no hacen sino evidenciar aún más la brecha de carácter histórico que la región arrastra desde el pasado: en el interior de los agregados macroeconómicos conviven dos realidades a velocidades cada vez más distantes. Mientras los sectores industriales y de servicios consolidan un importante dinamismo en los últimos años, el campo andaluz sigue atrapado en su tradicional vulnerabilidad climática.

Por un lado, los sectores más dinámicos y tecnológicos muestran una inercia formidable que ha permitido a Andalucía consolidar un crecimiento del PIB por encima de la media nacional, rozando el 3%. Este avance está sustentado no solo por el sector servicios, sino también por el empuje de la producción industrial manufacturera y la tracción de proyectos estratégicos captados por Andalucía TRADE. Esta solidez macroeconómica se traslada con fuerza al mercado de trabajo: la tasa de desempleo se ha consolidado por debajo del 16%, alejando de forma definitiva las barreras críticas del pasado y certificando la maduración progresiva de su tejido empresarial.

Sin embargo, basta con mirar al sector primario para descubrir la otra velocidad de la región y entender dónde radica el auténtico freno andaluz. Es cierto que las abundantes lluvias recientes han permitido un rebote en las cifras de producción agrícola, pero que el cielo conceda una tregua no resuelve un problema crónico. Como bien advierte el Observatorio Económico de Andalucía, dado que el sector primario andaluz representa un 6% de su PIB —el doble que la media nacional—, que la economía regional dependa de si un año es lluvioso o seco para estabilizar sus cifras macroeconómicas merma de forma severa nuestra regularidad y lastra la convergencia real con Europa.

Ante este escenario, el verdadero desafío no consiste en celebrar los años de lluvia o subsidiar los de escasez, sino en elevar el PIB potencial mediante una transformación técnica integral. Para ello, es inaplazable canalizar el impulso de los sectores dinámicos hacia la modernización drástica de los regadíos, el blindaje de infraestructuras hídricas y la reconfiguración de un mapa de cultivos adaptado a la disponibilidad real de agua. Todo ello, además, debe ir acompañado de una defensa firme en Bruselas para que se apliquen los mismos requisitos a los productos de terceros países, garantizando así una competencia justa que proteja nuestra inversión tecnológica.