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“La imagen pública de Andalucía: estereotipos y prejuicios”

6 de marzo de 2019Sesiones  

RESÚMEN DE LA CONFERENCIA DE ALBERTO GONZÁLEZ TROYANO SOBRE “LA IMAGEN DE ANDALUCÍA. ESTEREOTIPOS Y PREJUICIOS”

      No hay una leyenda negra que ensombrezca la imagen de Andalucía, pero sí rincones oscuros que, en buena medida, los propios andaluces han contribuido a propagar. El inicio de esa imagen puede encontrarse en el siglo XVIII, a lo largo del cual, el sur de España es objeto de numerosos viajes de literatos y artistas extranjeros que, desde el romanticismo que por entonces se extendía por toda Europa, descubren un espacio cultural radicalmente distinto a los de sus países y concluyen creando una multiplicidad de imágenes que, repetidas y simplificadas, dan lugar a una retahíla de estereotipos y prejuicios sobre la vida y la sociedad andaluzas (el señoritismo, el gusto por la diversión, la desidia frente al trabajo...)

La difusión de estas imágenes e ideas pone de moda a esta parte del país de forma que, por un lado, complace y halaga a una parte de la propia sociedad andaluza, que se siente representante del conjunto de España, y por otra, extiende sentimientos de recelo y contrariedad entre los habitantes de otros territorios, que llegan a sentirse agredidos y ninguneados por una sociedad a la que consideran menos desarrollada económica y socialmente que las suyas, algo que podría ser o no cierto en función de las épocas que se consideren (pero en lo que el conferenciante no entró ya que el objeto de su investigación es la imagen pública que se tiene de Andalucía en el conjunto de la sociedad española no el mayor fundamento histórico de la misma).

Junto a esa complacencia de una parte de la sociedad andaluza en la imagen proyectada, que no siempre es real pero que tiene bases en la realidad y que afecta tanto a sus élites como a sus clases populares, son muchos los escritores españoles de los siglos XIX y XX los que contribuyen a ampliar y difundir esos estereotipos y prejuicios, incluso pese a haberse propuesto en principio combatirlos. Un inicial retraimiento para abordar literariamente la realidad social andaluza por parte de los autores autóctonos tiene como consecuencia que se impongan, a largo plazo, en el ámbito público algunas apreciaciones de escritores de otras partes de España con ideas simplificadas que llegan a ser simplistas y en ocasiones despectivas, a las que no son inmunes algunos de los pensadores más sobresalientes de estos tiempos.

Desgraciadamente, no se le concede la misma atención a otros escritores que analizan la realidad andaluza desde puntos de vista sociales e incluso políticos que entroncan más con los que se producen en todo el mundo en esos tiempos; por otro lado, el enquistamiento de los problemas de índole social (las luchas campesinas por la propiedad de la tierra, la cuestión obrera…) contribuye a la interpretación de esos conflictos puntuales en clave identitaria de la sociedad andaluza, más aún si se tiene en cuenta que toda esa etapa histórica es un proceso de decaimiento económico que lleva, a mitad del siglo XIX, a que Andalucía sea una de las dos o tres regiones españolas menos desarrolladas.

Paralelamente, el progreso de otros territorios, en los que hace mella el resentimiento antes expuesto, es entendido en exclusiva como una consecuencia de su mejor socialización, sin tener en cuenta que también en ese proceso influyen decisiones gubernativas y fuerzas entre las cuales no dejan de tener presencia, por ejemplo, los capitales financieros andaluces y la mano de obra del sur, barata y abundante debido a la falta de trabajo en estos territorios; este proceso se desarrolla como “la pescadilla que se muerde la cola”, sin poder discernir entre lo que es su origen y su consecuencia.

Para plantearnos las posibilidades reales de una necesaria reacción de la sociedad andaluza actual es preciso partir del conocimiento completo de ese proceso, sin ocultarnos la autenticidad de las bases que lo sustentan y la propia identificación que ha tenido (y tiene) una parte de nuestra sociedad con las actitudes que sustentan esos estereotipos. Pero, al mismo tiempo, hay que entender que esas imágenes no dejan de ser una parte reducida de la realidad andaluza, que los posibles déficits que se ponen de relieve corresponden a épocas en las que otras partes del país cuentan igualmente con los suyos y que se magnifican los estereotipos y prejuicios por intereses espurios en debates y situaciones que llegan hasta el día de hoy. Ante los prejuicios, la reacción debe ser el conocimiento crítico de la historia de Andalucía, el análisis de las situaciones concretas que no nos gustan y las maneras de modificarlas y el despliegue de capacidades y actitudes positivas que nos permitan evitar las susceptibilidades que suelen anidar alrededor de conflictos de esta índole.

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